la traduccion al castellano forma parte de una coleccion de cuentos que estan siendo ilustrados por vanessa rojas (una amiga cercana y excelente ilustradora costarricense radicada en tarragona city, where the grass is green and the girls are pretty). si nadie ve futuro en ese conjunto invertiremos todo nuestro capital en llenar los sotanos del mundo con miles de copias de nuestro trabajo editado.
les dejo una prueba, el texto ilustrado. copienlo e imprimanlo, a color, para que ahorren tiempo de conexion. relmente no destruiran la naturaleza...
Mami
Los niños caminan rápido, pero ella no los pierde de vista. Tiene que prestar extra atención pues el barrio crece y todo esta en construcción. Máquinas. Óxido. Caminan diez minutos y ya están rodeados de verde. Ella se pregunta que va a pasar. Edificios y postes de luz en lugar de árboles. Cemento en vez de tierra. Calles donde había caminos de hormigas. Ella espera que pase lento. Que sus niños puedan jugar un rato mas de una manera que ella entienda.

Los niños trepan una acacia. Por fin puede echarse a la sombra, en la hierba. Cuatro niños saltan de una rama a la otra casi encima de ella. Se ve peligroso desde acá, pero si no lo fue hace treinta años, ¿por qué habría de serlo ahora?
Ella siente. Si habitas durante años el mismo sitio, puedes decir que hora es sin ver el reloj. Huele a ocho y media. Me suena que son las diez. Llevo un sudor de una y cuarto.
La niña, la más chiquita, llora. Era obvio, pero eventualmente aprenderán a evitar. Mientras tanto, ella se sienta y le da un abrazo curativo. No era nada realmente. La ve caminar de vuelta como si no hubiera pasado nada, con sus piernas regordetas. La ve caer, pero esta vez no llora. Vio algo lindo que la distrae del dolor.
“Nos vamos”. Hay un brillo de dos y media y ellos deberían comer algo, pero quieren quedarse. Nunca es fácil arrear niños. Ríen y caminan, pero todo a su ritmo.
Uno de ellos la abraza. Ella lo sostiene, lo carga. Ya pesa bastante, pero es el mas dulce de los cuatro. Los otros tres la siguen hasta que ven a donde van. Van a tumbar mangos. El mas dulce de los cuatro ya no quiere que lo carguen. Ella los ve correr, cuatro bebés rumbo a una mata de mango, y tiene que retener su lágrimas. Pero sus lágrimas se riegan por su cuerpo en un sismo helado.
El mayorcito agarra un tronco y lo lanza con todas su fuerzas, pero en una dirección completamente equivocada. Ella se ríe un poco. El salta cuando lanza y a ratos es bastante torpe. Se ve tan dulce, pero no puede ver que ella sonríe, así que ella dice que agarró el tronco equivocado.
Se inicia la cruzada por el tronco correcto. El segundo encuentra uno bueno. Ella lo confirma, así que él gana el derecho a lanzar de primero. Esta muy orgulloso, pero hace lo que puede por ocultarlo. Ella toma el tronco y explica con una voz dulcísima como hacerlo: tienen que verse amarillitos (rositas, así llama mami esos mangos exquisitos y raros), que no cuelguen tan alto y no olviden apuntar un poco mas arriba.
Mientras el segundo lanza, el tercero acompaña al primero a buscar el mejor tronco del mundo. La nena vió algo lindo que la distrae del mundo.
Es entonces, cuando los niños están ocupados que mami calla. Como si estuviera en otro mundo. Y es por eso que apenas se da cuenta de que cayo el primer mango. Y es importantísimo, pero es como si apenas despertara. Y ella acaricia su pelo y lo ve comer y hasta niega una mordida.
Con su ayuda cada uno puede comer tres mangos, sentados en la grama, con sus manos y sus bocas amarillas.
Agua de chorro, para las manos y para calmar la sed. Cada casa en construcción no solamente tiene agua sino que se convierte en un parque en los ojos de un niño, un parque que no es más que un peligro a través de los ojos de una madre que quiere regalar libertad. Una libertad que los haga fuertes. Eso piensa sin que los niños se den cuenta de que ella los observa cuando lanzan una piedra o escalan una máquina abandonada.
Oscurece.
En casa corren al televisor, esa monstruosa caja blancoynegra cuya existencia sorprende a quienes la pensaban extinta.
Su calma debería terminarse si ellos están sentados cómodos en un sillón viejo, pero no. Es ahora que comienza su angustia. En la cocina. Cuando mira una vez más la nevera, aunque sabe que no va a encontrar nada. Es entonces, cuando los niños están ocupados que mami calla. Como si estuviera en otro mundo y es por eso que apenas puede oírlos pelear sobre que canal ver.
Pero es que pelean y la nena llora y una silla cae al suelo y ella esta parada frente a una nevera vacía. Y ella ya no puede contener más sus lagrimas porque ella no tiene mas que un cuerpo, porque ella no es mas que una mujer, porque hay limites y ella tiembla mientras grita y su voz quebrada traduce su miedo en “cuantas veces les voy a decir que los hermanos no pelean, ¡coño!” aunque sabe que aprenden, a compartir, a negociar, a llevárselas con el vecino. Su histeria no es que los hermanos no pelean, ¡coño!, pues mientras lo dice, su alma sigue de pie frente a una nevera vacía.
Regresa a su histeria, a su cocina y siente miedo. Y cuando se da cuenta de que sus manos sudan se asusta más.
Entonces hace lo único que puede hacer. Cantar.
Ella canta
Saaaaaaaaaan-to-Diooooooo-oooo–ooo-ooooos
Saaaanto-fueeeeeeer-te
Saaaaantoin-mor-taaaaal
Es entonces cuando alguien toca a la puerta, pero antes de que ella se de cuenta él ya está adentro y le dice “Castorila, ¿me traes un cafecito?” con una voz profunda y a ella eso le parece mas bien arrogante pero lo acepta solo porque el es ÉL. Porque ÉL ya ha hecho tanto por ellos.
Y mientras ella pone el café en el fuego, él pregunta sobre cosas terrenales y ella le cuenta tanto que ya él por supuesto sabe, pero cuanto bien le hace distraerse un poco del dolor.
Él alaba su café pero ella le exige con un gesto que se calle, cosa que el ciertamente no enfrenta muy seguido. Ella escucha atentamente. Hay demasiado silencio... “Estoy viendo” dice y oye un murmullo.
“Bueno, no te molesto mas”, dice él. “Tu nunca molestas”, dice ella.
“Me das un poco de agua”, pide él. “Mira en la nevera”, responde ella.
Pero antes de darse cuenta, él ya se fue. Y la puerta de la nevera aun esta abierta y justo antes de cerrarla ve, sin sorpresas, pero llena de gratitud, un tomate, dos cebollas y una papa pequeña. “Una sopa”, dice.
Mas tarde esa noche, los niños ya duermen, regresa Orlando de una noche sin descanso. Está desecho, no puede comer, pero cuenta con naturalidad, en baja voz que algo rarísimo le pasó. Que tuvo que llevar a tres hombres fuera de la ciudad. Un negro grande, fornido y elegante con una amplia sonrisa de dientes que rechinaban y otros dos hombres, también bien vestidos y con bolsos grandes. “Mira” dice él y deja ver la plata, “me dieron esto”, y luego, con lagrimas en sus ojos, “porque se notaba que era un hombre bueno”. “Debería ir a la policía, no se...”. Ella lo ve con una sonrisa tierna. “¿Que hice?”, dice él, claramente confundido. “Nada malo”, dice ella y lo abraza. “No hiciste nada malo”.





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